La Paz/IN EXTENSO .- La tarde se desliza sobre La Paz con su habitual bullicio urbano. En la calle Nataniel Aguirre, los rayos del sol iluminan las hileras de telas que se desbordan de los negocios hacia la acera, como ríos que buscan su cauce. Sin embargo, no es el único lugar, pues todo el centro de la ciudad es un mercado desde el Tejar hasta San Jorge, entre medio la San Francisco, Mariscal Santa Cruz, El Prado, Camacho, la calle Bueno, Loayza, la UMSA y otras calles que lamentablemente tienen autorización del municipio los ambulantes incluso, ni que decir del uso de las aceras.

Los guardias municipales y el personal de la Intendencia avanzan con paso firme, hojas y comunicados en mano con el fin de ordenar el uso del espacio público, una tarea ingrata y poco comprendida. Y por qué no se intervienen el centro de la ciudad o es que los sindicatos mandan a la alcaldía, es un buen trabajo que despejen las aceras y el ¿centro?
Cada acera recupera lentamente su función: no solo un corredor peatonal, sino un símbolo de convivencia ciudadana. Entre la Chorolque, Buenos Aires y Tumusla, se entregan notificaciones a los dirigentes, recordando la Ordenanza Municipal 125/80: la vía pública no es almacén ni escaparate permanente.
Percy Ramos, responsable macro regional de Max Paredes, observa la escena con concentración. “Hemos controlado más de 150 actividades económicas. Verificamos excesos, indumentaria e inocuidad de los alimentos. La próxima fase, con apoyo policial, permitirá decomisos y protegerá a nuestro personal ante posibles agresiones”, explica, mientras a su alrededor los peatones sortean cajas y telas, y los comerciantes reorganizan su mercadería.
El operativo no se limita a las telas. Puestos de alimentos, con aroma a pan recién horneado y especias, son revisados; los trabajadores ajustan cofias, mandiles y guantes, asegurando la inocuidad de los productos.
Algunos se resisten, fruncen el ceño, discuten; otros aceptan con resignación y ordenan sus puestos. Cada notificación entregada es un recordatorio silencioso de que las calles pertenecen a todos, no solo a quienes comercian.
El ruido de la ciudad—música, motores y voces lejanas—marca un ritmo casi teatral. Entre el bullicio, los inspectores anotan, fotografían y supervisan. La tensión se mezcla con la rutina diaria: un acto de orden en un escenario de desorden, donde cada gesto y cada advertencia buscan restablecer el equilibrio entre comercio y ciudadanía.
En calles como Nataniel Aguirre, Buenos Aires, Chorolque plaza Eguino y Garita de Lima, se percibe un cambio gradual. El desbordamiento de mercadería cede ante la disciplina; los peatones vuelven a caminar sin obstáculos y los comercios aprenden que el espacio público es un bien común, un escenario donde conviven el comercio, el tránsito y la vida urbana. La Intendencia no solo recupera las aceras: reafirma que el respeto a la norma es la base para que la ciudad siga respirando, viva y ordenada. ¡BICENTENARIO DE REPUBLICA DE BOLIVIA! amun
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