IN EXTENSO/La Paz.- Redoble de tambores. El silencio denso en la Plaza San Francisco se quiebra apenas por el roce de las botas militares y los suspiros contenidos. Dos oficiales del ejército, firmes como columnas, cargan con reverencia la urna de Pedro Domingo Murillo. La levantan con cuidado, como si aún ardiera con el fuego que lo consumió hace 216 años, y la conducen hacia una camioneta militar.

Así inició el solemne acto de traslado de los restos de los protomártires del grito libertario de 1809. Diez urnas, diez historias de valor y sacrificio, diez silencios que aún resuenan. Esta vez, sus cenizas no van hacia el patíbulo ni al exilio de la memoria, sino hacia la Catedral Metropolitana de La Paz, en un acto de honra y reconocimiento tardío, pero imborrable.
Los nombres resucitan entre redobles y melancolía: Pedro Domingo Murillo, el coronel que desafió al imperio desde la Junta Tuitiva; Juan Basilio Catacora, el representante del pueblo que sostuvo a su madre y hermana hasta el final; Buenaventura Bueno, cuya esposa embarazada lloró su horca; Apolinar Jaén, cuya cabeza fue enviada a Coroico como escarmiento.
Las urnas son conducidas por miembros de las tres fuerzas armadas. Efectivos de aviación escoltan a Catacora, la Naval rinde tributo a Bueno. La urna de Apolinar Jaén sube, entre brazos firmes, al vehículo del Ejército, adornado con la bandera tricolor que alguna vez soñaron ver ondear sin cadenas.
Cada uno de los inmolados arrastra una estela de ausencias. Hijos huérfanos, viudas embarazadas, madres abandonadas en el espanto. Murillo dejó 18 hijos; Ximénez, el “Pichitanca”, abandonó tres; Sagárnaga, una esposa embarazada y cinco pequeños. Víctimas de la horca, del garrote o de la espada, su crimen fue hablar de libertad en tiempos de tiranía.

Cuando el sol paceño empieza a declinar, el cortejo parte. Banderas rojo punzó y amarillo intenso flamean desde las manos de los asistentes. El alcalde Iván Arias, seguido por sus secretarios, directores y subalcaldes, encabeza la marcha que baja por la avenida Mariscal Santa Cruz.
Una señora rompe el silencio: ¡Viva la Libertad!. La multitud responde como un solo eco: ¡Viva!
La banda del Regimiento Escolta Presidencial Colorados de Bolivia interpreta el Himno a La Paz, y los transeúntes se detienen, levantan sus celulares, inmortalizan el momento. Subimos por la calle Socabaya, entre gritos de “¡Paceños, viva La Paz!” y una emoción que se cuela en los poros. ¡BICENTENARIO DE BOLIVIA! amun
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